PLAYA DE EUROPA
En los días de calor paseamos por Independencia hasta que los tilos
se tornan palmeras, el tranvía deja de chirriar y una
decena de fuentes hacen danzar, como pistas de baile, miles de chorros de agua
al son del bullicio cotidiano. Es entonces cuando sabemos que ya hemos llegado
a Salou, el único barrio de Zaragoza que no
se acoge al programa municipal estonoesunsolar.
Salou lo
hemos hecho los aragoneses y los aragoneses estamos un poco hechos de Salou. Es
tan nuestro que cuando no nos fiamos de la banca nos llevamos los dineros al
apartamento de cuatrocientos diez mil en cuatrocientos diez mil por lo que pueda
pasar, que la quincena es larga. Síntoma de que, al igual que el
vientre materno, Salou es el refugio de nuestros miedos. Hablando de vientre
materno; mi madre, que siempre apoya su inteligencia en la objetividad de la
imperfecta precisión de la estadística, lo mismo con la política que con la sociología o las vitaminas, lleva desde junio contando banderas
independentistas catalanas en Salou como si de los balcones pudiera salir Artur
Mas al grito de "Saragossa ens roba" o como si la Generalitat la
hubiese puesto al frente del próximo barómetro demoscópico. Aún no se si quiere proclamar el Estat Català o cantarles una jota. El caso es que lleva contadas seis
esteladas. Yo en pocos días llevo contadas ocho del
Real Zaragoza; como si de los balcones fuese a salir Agapito anunciando la
venta.
Salou no
es una ciudad sino un estado de ánimo. Una sucesión de generaciones de aragoneses que han moldeado la arena
de la playa como las olas del mar. Un armario de recuerdos e influencias. Un
lugar para pasear entre palmeras y sobre la gente, donde los flotadores de las
tiendas de los pakistaníes tapan la ropa de marca de
las boutiques y los ingleses de hotel barato compran cerveza en los
supermercados. Un sitio estupendo para los que tenemos niños pequeños. Una carnicería que vende ternasco rotulado en catalán, lo primero por rigor gastronómico y lo segundo por imposición administrativa. Estos días lo mismo te cruzabas con la
colchoneta de un consejero que con su antagónico inflador. El presunto inflador
tuvo que declarar en el juzgado de guardia de la Plaza del Pilar, salió con cargos y volvió hasta su coloso de Rodas.
Como playa
de Zaragoza todos tenemos algún recuerdo adolescente de
Salou. Las zaragozanas brindan por sus novios y por sus maridos. Para que no se
encuentren. Los jubilados juegan al guiñote y al subastao en los
mismos bares de siempre de la Plaza Europa y en el paseo de Miramar, y en las
teles de los bares ponen al Zaragoza. Pero Salou, como reza un antiguo lema
publicitario de los setenta, además de nuestro es Playa de
Europa. Un microcosmos en el que convivimos con franceses; sin complicaciones
gracias a la desmemoria histórica nacida de los planes de
estudio. Con los franceses ha ocurrido algo curioso: en los años de bonanza casi desaparecieron las familias que en los
ochenta llenaban los restaurantes de Salou y Cambrils, el pueblo de España con más restaurantes por habitante.
En los últimos años han vuelto familias de clase media que dan “grandeur” a los restaurantes y han
dejado el gamberrismo solo para los de la pérfida Albión y los holandeses, tan indigestos como la salsa que lleva
su nombre. Pero sobretodo hoy Salou es una minieuropa en la que Rusia ejerce su
liderazgo mientras los demás se refugian en la discreción. Lo mismo en la crisis Siria, en la guerra de Egipto o en
el paseo marítimo solo los rusos parecen
tener presencia. Viendo los escaparates de las tiendas y las cartas de los
restaurantes uno puede llegar a pensar que Putin acabará saliéndose con la suya. Mientras
tanto, seguiremos contando banderas del Zaragoza, comprando Heraldo desde
temprano, jugando al guiñote en los bares, moldeando
las arenas y quejándonos de Salou. Brindaremos
por la memoria de nuestra infancia y de nuestra adolescencia, ambas endulzadas
por nuestra madurez. Evocaremos rincones, el olor a arena húmeda caldeada por el sol y nos reencontraremos con los
amigos. Salou es nuestra semana santa laica y lo más cerca que Aragón estará nunca del mar a no ser que los rusos hagan algo.
Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
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