¿BIPARTIQUÉ?
De los mismos creadores de “La Casta
nos asfixia” llega a sus pantallas “el fin del bipartidismo”. Próximamente en
sus urnas. O no. No se sabe. Todo es lo mismo y nada es igual. Y yo pregunto
¿qué bipartidismo? ¿realmente hemos tenido un sistema bipartidista en España?
Pues depende, cualitativamente no. Cuantitativamente, y si esto del
bipartidismo va a peso, a tanto el kilo de diputado y uno más uno dos, puede
que sí, aunque tampoco está nada claro en un país en el que PP y PSOE han hecho
lucha política hasta de la aplicación de la ley de la gravedad. El caso es que
la moda “opinativa” imperante da por hecho que en España ha habido bipartidismo
y que el bipartidismo es el caldo de cultivo de una pinza asfixiante, un lobby,
una casta instalada. La causa de nuestros males. Somos unos ciudadanos
ejemplares y una sociedad modelo. El bipartidismo es nuestro mal. La corrupción
es culpa del bipartidismo. La crisis económica, el desempleo, la pérdida de la
confianza de los ciudadanos en sus instituciones, la extraordinaria dimensión
del Estado y el descenso en la producción de espermatozoides en el varón
parecen también ser culpa del bipartidismo.
Bipartidismo y consenso son
sinónimos. El único país con toda una tradición política en torno al bipartidismo
es Estados Unidos y mal del todo no parece que les vaya. Allí,
cuantitativamente hay dos partidos hegemónicos en sus respectivos espectros
ideológicos y son rivales. Pese a ello, el bipartidismo ha funcionado como un
resorte fundamental en la toma de grandes decisiones para la nación. La
política exterior norteamericana, por ejemplo, es fruto del consenso y la
colaboración entre Demócratas y Republicanos, o sea, del bipartidismo. En España
no ha habido bipartidismo; en todo caso lo que ha habido es alternancia, pero
la diferencia entre alternancia y bipartidismo es la misma que va de Cánovas y
Sagasta a Reagan y Clinton. Además, el bipartidismo ha tenido otro efecto
deseable en EE.UU: durante los últimos cincuenta años el Congreso ha alcanzado
una serie de consensos que han hecho de poder controlador del Gobierno federal,
y que han servido, por ejemplo, para limitar la capacidad del ejecutivo para
modificar el tamaño o la distribución del gasto publico. Es decir, gracias al
ejercicio bipartidista, el legislativo no ha sido mero palanganero del
ejecutivo, como sí ocurre en España. Soy consciente de que en estos momentos
negar que en España haya habido bipartidismo es tan temerario como defender,
para más inri, que de haberlo habido las cosas podrían haber ido mejor. Apelo a
la bondad de los lectores, a su indulgencia y a los recortes en la sanidad
pública para que el Estado no proponga de oficio mi internamiento psiquiátrico.
Ha nacido antes la crisis del bipartidismo que el bipartidismo. Le ha pasado lo
mismo en España al bipartidismo que a la pesca masiva de ballenas, tan
denostada en La Cartuja.
La moda se impone en la política
tanto como en la costura. Hasta hace nada, tres telediarios, todos los bienes
de la patria podían condensarse en un palabra: consenso. Los problemas de
España hasta anteayer se debían a que no se alcanzaban consensos entre los
grandes partidos. Hay tanta leyes educativas como ministros de educación ha
habido. En política exterior nos vamos de alianza de civilizaciones y volvemos.
No se han alcanzado consensos en leyes fundamentales -como la ley del aborto- y
no digamos nada en políticas energéticas o sobre la propia configuración del
Estado. En el Congreso de los Diputados, grupos políticos minoritarios, casi
anecdóticos, han marcado el paso de todos los gobiernos sin mayorías absolutas.
Lejos de existir una apisonadora PP-PSOE, ha habido abuso del poder de las
minorías -nacionalistas y no-, poder que les ha venido dado precisamente por la
falta de consenso y acuerdo entre los dos grandes partidos. ¿Dónde queda aquí el
bipartidismo? ¿Si llega un tercer partido ya tendremos tripartidismo?. Hablar del fin del bipartidismo es una moda.
Una moda impuesta por aquellos que han llegado desde los límites de la
democracia para incorporarse a ella. Políticos que ya no son ajenos al sistema
con patente de corso para bautizar como casta todo aquello que se opone a sus
viejos planteamientos soviéticos rebozados en red social.
Desde que Romanones dejó dicho que
para triunfar en política había que ser alto, guapo y abogado, la moda ha ido
cambiando. La alta costura es clasista, rancia y socialmente ofensiva y lo que
mola es el mercadillo de segunda mano, con prendas viejas tan de segunda mano
como las ideas soviéticas de Podemos. Se lavan y quedan como nuevas durante
unos días. Pero son viejas. Si el instrumento que va a acabar con el
bipartidismo en España es el fenómeno Podemos, una moda post-underground por su
difusión en redes sociales (que sería underground si siguiera difundiéndose en
la imprenta), auguro que la muerte del bipartidismo a peso va a llegar en las
elecciones municipales de dentro de once meses, ya veremos si llega cadáver a
las generales y en cualquier caso resucitará después de ellas. Dependerá de si
el PSOE sabe desprenderse de la respiración asistida y de si alguien en el
Partido Popular se entera de que lo que está pasando también va con ellos. Lo
que parece evidente es que en momentos de desapego ciudadano con las
instituciones y con los políticos es cuando más falta hacen la estabilidad, el consenso,
la altura de miras y el abandono de posiciones
preconcebidas. Eso, exactamente eso, es lo que representa el bipartidismo que
no hemos tenido, porque el problema en España no ha sido el bipartidismo sino
el partidismo. Uno a uno. Individualmente, PP y PSOE se han preocupado más de
sus estrategias electorales que del país desde que se produjo la anomalía del
advenimiento accidental-pero-legítimo de Zapatero. Solo el PP puede destruir al
PP y solo el PSOE puede destruir al PSOE.
La verdadera evolución política del
país pasa por que los ciudadanos reforcemos las posiciones más moderadas y
tolerantes, las que nos permitan avanzar sin perder de vista la convivencia. El
centro derecha y el centro izquierda son las dos posiciones ideológicas más
lejanas al radicalismo extremo, y por lo tanto tienen futuro. Y si esas
posiciones ideológicas vienen reforzadas por partidos políticos fuertes, aún
mejor. El verdadero cambio en la política española no va a venir dado por
Podemos, que es algo mucho más efímero que el PP o el PSOE, una marca de
descontento magistralmente dirigida, sino por el fin de las inercias. Los
ciudadanos hemos dejado de votar por inercia a los partidos que tradicionalmente
han representado nuestras posiciones ideológicas. Si el PP y el PSOE quieren
seguir siendo primordiales o se regeneran o desaparecerán y su espacio lo
cubrirán otros. El inmovilismo del PP inmoviliza a la sociedad tanto como el
nerviosismo en el PSOE inquieta al país. Si no aciertan desaparecerán pero su
espacio lo ocuparan otro u otros partidos hegemónicos en el espectro del centro
derecha y el centro izquierda. Ya tuvimos un mapa político variopinto con más
partidos que ideologías y fue precisamente la normalidad la que simplificó e
impuso un sistema político con menos partidos. No me atrevo a decir qué está
más cerca, si el bipartidismo real que surja de la necesidad -tras el caos de
un par de elecciones en el frenopático- o la muerte del bipartidismo que nunca
existió. Tal vez haya vida sólo después de la muerte. En ese caso, siempre
podemos encargarles la redacción de una nueva Constitución para lo que quede de
España a Iker Jiménez y sus amigos del misterio.
Víctor
Manuel Serrano Entío. Abogado.