FRACTURA DE IMAGEN
Un buen amigo
y grandísimo periodista me manda un tuit en el que me dice que mal andamos en
España si el debate entre República o Monarquía se centra en un accidente de
caza. No puedo estar más en desacuerdo por mucho que siempre me ruborice llevar
la contraria a mentes más preclaras que la mía. Las Instituciones, las más
humanas y las más sagradas, son ensalzadas por las personas o directamente
destruidas. En Botswana lo más fracturado no es la cadera sino la imagen y
sobretodo, la idea de que el Jefe de un Estado en apuros que lucha en Bruselas,
en los mercados, en Buenos Aires, en los consultorios y en las escuelas, se va
un 14 de abril a cazar elefantes a África. Y eso suena a desdén decimonónico, a
privilegios trasnochados, a lejanía con el pueblo y nos retrotrae a épocas
oscuras en las que ser Rey no era tener privilegios sino ser el único con
derecho a tenerlos.
Por eso son
los monárquicos, entre los que no me encuentro por convicción y tradición
familiar materna, los que más disgustados están con determinadas actitudes vistas de
unos años a esta parte en la Casa Real (eso que los pedantes y cortesanos
llaman ahora a secas “Casa Real”, sin artículo, no se sabe bien si para
ensalzarla o para ponerla a la altura del espetec de “Casa Tarradellas”). Como
decía, las instituciones de cualquier tipo son de las personas. Desde la Casa
de Andalucía pasando por el Parlamento Británico o por el aún más venerable
Club de Fútbol de La Cartuja Baja, hay entes que poseen personalidad jurídica
pero detrás siempre hay alguien. Ocurre que hay instituciones que no son
personalistas, y así habrá Casa de Andalucía mientras haya andaluces y arte,
habrá Parlamento Británico pese a la cíclica propensión de que cada diez años
pillen a algún miembro del mismo con látigo, ligueros y una camiseta del
Chelsea y, por supuesto habrá club de fútbol en La Cartuja si, Ronaldo o Messi
aparte, hay algo de buen sentido futbolístico en este país.
Pero ojo a lo
que pudiera pasar en una sociedad de opinión pública con aquella institución que,
forjada con una fuerte y arraigada impronta personalista, se pone a sí misma en
evidencia porque tal vez la persona que la sustenta no está a la altura que se
le reconoció por esa misma sociedad en momentos clave. Es cierto que por
tradición histórica la monarquía goza de un gran arraigo en España, pero la
monarquía del periodo constitucional que vivimos tuvo que jugársela a dos
cartas: aniquilar los últimos vestigios del franquismo desde la sucesión al
dictador y caerle bien a la izquierda, toda ella de tradición republicana. La
jugada salió redonda, y por mérito fundamental del Rey, que con su carácter
supo hacer una y otra cosa. Pero cuando una institución como la monarquía se
juega toda su tradición histórica a la imagen carismática de quien en ese
momento ostenta el trono, está jugando a corto y medio plazo. Y el medio plazo
llegará. Y entonces ya no podremos decir eso de que España es “juancarlista” y
que tanta gracia hacía en Palacio olvidando el futuro y que las personas pasan
y las instituciones deben permanecer. Y olvidando algo que hasta los
republicanos sabemos que forma parte del frontispicio de toda monarquía:
“primero la nación, luego la institución, después la dinastía”. Es decir,
aplicado al caso, primero España, luego la monarquía y después los Borbones.
España es un
país que sufre, en el que hay mucha gente, demasiada, sin esperanza, en el que
un Gobierno hace denodados esfuerzos por intentar mejorar la imagen de la
nación en el exterior a la vez que se ve obligado a tomar medidas impopulares
en términos de opinión. Todo eso lo sabemos todos, menos un cazador de
elefantes que en Botswuana se dejó una cadera y parte de su imagen a cambio de
abrir el deseado por muchos (temido por otros muchos) debate sobre la forma de
Estado. Veremos los efectos de una noticia tan dañina para la Corona, pero dice
una canción infantil que “para dormir a un elefante, se necesita un chupete
gigante”. Si la izquierda no estuviera tan empeñada en raptar la idea de República
dándole su contenido ideológico y la derecha no tuviera tanto miedo a la
experiencia histórica republicana, España, mañana, sería republicana. O pasado mañana; en todo caso, una vez agotado el
corto y medio plazo al que jugaron los “juancarlistas”.
Víctor M.
Serrano Entío.