miércoles, 25 de enero de 2012


EL GOBIERNO COMUNICA COMO LOS TELÉFONOS

Si bien es pronto para hacer balance de lo que no son sino los primeros balbuceos del recién nacido Gobierno, no es menos cierto que en estos primeros días ya podemos encontrar un punto en común entre la gobernanza del país que lleva Rajoy y la que en su día hizo Aznar. Por la enrevesada escalinata de la comunicación gubernamental bajan, cogidos de la mano, de traspiés en traspiés, dos maneras de ineficacia comunicativa que se basan en lo mismo: el líder no desciende a terrenos farragosos y deja a valiosos miembros del Gobierno a los pies de los caballos.

Salvando las enormes distancias entre la brillante Soraya y Miguel Ángel Rodríguez, que es comparar un huevo con una castaña, la impresión es que este Gobierno tampoco comunica. Tras ocho años de oposición, en los que durante los cuatro primeros Rajoy no veía luz al final de un largo túnel pero en los que desde 2009 hasta hoy se veía clara la posibilidad de que fuese Presidente del Gobierno, en Génova 13 el estudio de la comunicación social sigue siendo la asignatura que siempre queda para un septiembre por venir. Yo no sé si en el modelo básico de comunicación propuesto por Laswell o  desde la Psicología Social de la Comunicación, la teoría de la construcción del temario, conocida como ‘Agenda Setting’, o la Espiral del Silencio podrían tener remedio los sempiternos desastres comunicativos de un centro derecha que cuando gobierna, hágalo mejor o peor, lleva la agenda al tran-tran. Pero por muy científicos que nos pongamos o por muchas agencias, medios, discursos de sesudos politólogos o brillantes informes que acudan en socorro del Gobierno y de explicar sus medidas, todo estará cojo hasta que no lleguemos al terreno de la más pura lógica: Que sea Mariano Rajoy, vencedor de las elecciones por mayoría absoluta y Presidente de un Gobierno obligado a tomar medidas impopulares, quien revestido de autoridad y potestad dé un paso al frente y explique a los ciudadanos qué se hace y por qué se hace.

Un Estado de Derecho es un Estado de opinión. Decía Claudio Sánchez Albornoz que en España, como en todas partes, la política la han hecho los hombres y no las teorías, que son limitadas y, en general, de dudosa aplicación. La política del Gobierno de España en este primer semestre del año, como nunca antes, debe estar capitaneada y fiscalizada por el Presidente del Gobierno. Y es él quien debe dar las claves de sus decisiones, y establecer a través de su Gabinete qué información se da a los ciudadanos para que puedan entender mejor las mediadas propuestas. Establecer una retahíla de medidas que todos sabemos que se basan en el sacrificio  sin explicarlas antes, durante y después es simplemente suicida.

            Cuando en su Discurso a la Cámara de los Comunes de 1940 Churchill pronunció el célebre y tantas veces en estos tempos aludido discurso del sangre, sudor y lágrimas y aquello de que “En este tiempo me siento autorizado para reclamar la ayuda de todas las personas y decir: Venid, pues, y vayamos juntos adelante con nuestras fuerzas unidas” el valor de sus palabras no estaba en un discurso que plagió a Garibaldi, sino en que quien pronunció esas palabras era quien había sido elegido por sus compatriotas para pilotar esos tiempos tan difíciles. Si el discurso lo hubiera leído el subsecretario de prensa o el Ministro de la cosa, hoy no recordaríamos ni la sangre, ni el sudor ni las lágrimas. Debe Mariano Rajoy bajar a luchar en las playas.



Víctor M. Serrano Entío
Abogado
           

           



UN GOBIERNO QUE GOBIERNE


El líder del PP, Mariano Rajoy, tomará posesión como presidente del Gobierno el próximo 21 de diciembre y su equipo lo hará un día después. El día 22 lo harán sus nuevos ministros. Su toma de posesión como Presidente y su primer año de Gobierno será la etapa más difícil que un dirigente político haya tenido que afrontar en España en los últimos treinta años.

A la crisis económica, la crediticia, la de la deuda y el paro, hay que sumar el desprestigio que hoy por hoy tienen pilares fundamentales del Estado de Derecho como la Administración de Justicia y el descrédito en el que se encuentran la sanidad y la educación. Todo ello en una nación en la que un tercio de sus ciudadanos abominan de llamarla nación, y no saben si estamos ante un Estado, un país o un conjunto de autonomías unidas por El Corte Inglés, y en la que impera un modelo político y de Administración Pública que por su triplicidad, volumen, ineficacia y adoctrinamiento es, además de mastodóntico, torpe y costosísimo.

Llama la atención de que en el periodo transcurrido entre las elecciones generales y su toma de posesión ya hay quien reprocha al nuevo aún-no-presidente que tome medidas que no puede tomar; es más, sesudos analistas y cronistas políticos han puesto fecha de caducidad al nuevo Gobierno de Mariano Rajoy, seis meses, con insinuaciones tan insidiosas como desestabilizadoras y malintencionadas. Bomberos metidos a pirómanos o viceversa.

Lo cierto es que no es Mariano Rajoy hombre que goce de carisma entendido este al clásico modo platónico. La preocupación por la política como elemento fundamental para la dirección y organización de las sociedades suscita el interés de los pensadores sociales por indagar en la mente de aquellos individuos que se muestran más dotados para lidiar y guiar el pueblo y cuya habilidad como dirigentes políticos es puesta de manifiesto en su bautizo político.

Pero en el estado de cosas actual, aludir a la falta de carisma de un dirigente político es como acusar al bosque de tener hojas, siendo la falta de liderazgo carismático un fenómeno extendido por toda Europa y EE.UU. Incluso Obama, el primer líder carismático de la sociedad tecnológica globalizada, anda el hombre como anda. Conseguir el dominio político es una preocupación que proviene de los clásicos (Platón, Aristóteles, Maquiavelo). Astucia, sagacidad, virtud política y disciplina son algunos de los atributos que deben poseer los grandes hombres, los príncipes maquiavélicos. Teóricos anteriores a Weber, como Carlyle, intentaron abordar el fenómeno pero no lo consiguen plasmar plenamente. El carisma no es tan solo las características personales que poseen algunos individuos, sino ese don que los hace excepcionales. Al final, si Mariano Rajoy consigue en el periodo que abarca la nueva legislatura que desaparezcan o se diluyan al menos la mayoría de los fantasmas antes mencionados, alcanzará ese don no porque se le atribuya carisma personal, algo que dudo vaya a ocurrir, sino porque los ciudadanos sabrán reconocer la situación de excepcionalidad en la que toma el poder y la dificultad que los tiempos plantean.

Por eso, hará mal el nuevo Gobierno, en caer en la política de la encuesta, la imagen, la apariencia  y el sondeo. Ya sabemos a dónde nos ha llevado eso. Gobernar es decidir, y cuando se está revestido de la legitimidad democrática de las urnas, gobernar también puede ser imponer. Por eso no debe entenderse como amenaza que ante la reforma laboral, por ejemplo, una dirigente popular lance el mensaje de que si no hay consenso entre sindicatos y patronal “el Gobierno gobernará” porque precisamente por la gestión política de los tiempos, el resultado electoral, y el nivel de exigencia de los ciudadanos, lo que la mayoría de los electores de este país han dicho es que quieren un Gobierno que gobierne, y lo haga ya, con seriedad, rigor y respeto. Decidiendo, o sea, gobernando.


Víctor M. Serrano Entío.