lunes, 18 de febrero de 2013

LA RIADA


¿HASTA AQUÍ LLEGÓ LA RIADA?


Letra, sobre y fotocopia. Papeles sin sobre. Sobres con papeles. Tinta homogénea. El tesorero escribe torcido con renglones rectos. Páginas envenenadas en sede o en rotativa. Iniciales, apuntes… disparen. Celdillas de diario contable en blanco como premonición de celdas mayores y más oscuras. Ciudadanos con master de perito calígrafo y de fiscal en barbecho. Sospechas, dudas. Pequeño contribuyente, españolito que llegas al mundo te ampare Dios porque una de las dos industrias de reprografía ha de helarte el corazón. La infamia dobla las esquinas como las campanas a los muertos. Se acusa de todo a casi todos, los juzgados se atascarán como el Casino de Mónaco tras la construcción del ferrocarril. Acusaciones de ida y vuelta. De arriba a abajo. Ya nadie tiene miedo a decir que el rey está desnudo. Principios jurídicos básicos destrozados junto a algunos periodísticos. Probatio diabolica. La presunción de inocencia grabada en lápidas de mármol en el culo de las mesas de los mentideros de Madrid al igual que los nombres de los muertos que leían los personajes de La Colmena en el café de Doña Rosa. Los frutos del árbol envenenado están envenenados, así que si alguien metió literatura a posteriori en las anotaciones del tesorero, aun el propio tesorero, no hay prueba. Pollo en caldo de cultivo. Romericos al fuego de unos ciudadanos socarrados por la corrupción política y ciegos con la corrupción instalada en el resto de ámbitos de la sociedad que conforman.

Si quisiéramos tener un Senado clavaríamos a las puertas las manos del tesorero como Marco Antonio clavó en el Senado Romano las de Cicerón. O las de los trincones de los ERE en una oficina de empleo de Andalucía. La corrupción es un argumento más en la lucha de partidos y por lo tanto, extirparla queda en su ámbito y fuera del de los electores, que si en las próximas elecciones tienen que votar a un partido en el que no se haya producido un caso de corrupción tendrán que inventarse un partido nuevo al estilo de aquel PGB (Partido de la Gente del Bar) de Carlos Azagra.

Nunca un problema tan enquistado tuvo una solución tan fácil y a la vez tan difícil: listas abiertas. La reforma legislativa que mayor cambio traería a la democracia española puede escribirse en menos de quince folios. Reforma casi total de la Ley Electoral con la necesidad de introducir un sistema más democrático y representativo en el preámbulo; dos artículos regulando listas abiertas y limitación de mandatos en ocho años para el ejercicio de cualquier cargo político en cualquier institución; y una disposición derogatoria única con un “hasta aquí llegó la riada” con los ERE de Andalucía, Bárcenas y la bandera suiza marcados a tiza en el muro legislativo de una nueva conciencia ciudadana. ¿Pero qué felino le pone el cascabel al gato? ¿Son los políticos de hoy capaces de hacerse una suerte de harakiri al estilo de los políticos en la Transición?. Tal vez la única salida sea una nueva vuelta de tuerca en la indignación ciudadana y un puñado de políticos jóvenes con valentía suficiente para replantear el modelo político en sus propios partidos aún a riesgo de caer en el ostracismo. O voladura controlada o revolución. Hasta aquí llegó la riada que ha arrasado al sistema de partidos nacido en la Transición. Falta enterrar dignamente a los ahogados antes de que se pudran.


Víctor M. Serrano Entío. Abogado.

LA TRANSICIÓN


LA TRANSICIÓN


España es hoy una enmienda a la totalidad en la que nos pasamos al cobro facturas históricas. Del aquelarre no se escapa ni la Transición. Y como no somos de trazo muy fino ni escala de grises, hay un sector revisionista en lo político y público que anda lanzando brochazos en negro contra la Transición, en lo que es algo así como culpar a los hijos de Saturno de que su padre esté gordo. Se oye en púlpitos analógicos, aéreos y digitales terrestres que por culpa de una ineficaz Transición las Comunidades Autónomas son una ruina, las instituciones están sobredimensionadas y que el tránsito no fue como lo cuentan los libros; que a la sociedad se le ha vendido la idea de que cuando Franco muere la democracia llega otorgada por el Rey y una serie de políticos que pactan, por lo que se le ha hurtado a los españoles el mérito histórico de haber terminado con la dictadura. En definitiva andamos a tortazos también contra la Transición.

A la Transición se le ataca porque atacamos hoy todo lo que huela a poder establecido, así que nada mejor que empezar por el hecho histórico que marca nuestra democracia imperfecta, joven pero ya con los achaques articulares propios de pasar de los treinta. Sólo con oír si uno se refiere a quien ejerce la política como político, como clase política o como casta política ya se ve de qué pie cojea. Los que cuestionan la Transición son los que braman contra la casta política. Nota aclaratoria: la Transición y su hija nacida de un pacto político amplio nada decían acerca de no desarrollar una Ley de financiación de partidos políticos más transparente o una ley de Huelga, por poner ejemplos. Tampoco se estableció ningún techo competencial para las Comunidades Autónomas, pero no hay ningún mandato por el que se obligara a los partidos gobernantes a pactar con los nacionalistas contrapartidas que serían catalogadas como extorsión por cualquier miembro de la familia Corleone. La Constitución no obliga a subvencionar chorradas ni a abrir embajadas de la Junta de Andalucía en Palestina. La política está para prever el futuro inmediato y anticiparse a los problemas para solventarlos, y de las cortas miras de nuestros gobernantes de los últimos diez años no tienen la culpa los políticos de la Transición, políticos de todo el espectro que con base en una tradición histórica muy aragonesa, el pacto, y siendo generosos en su renuncia y en el acogimiento de posiciones antagónicas y hasta entonces irreconciliables, fueron capaces de entenderse en un clima extremadamente tenso y complicado. La Transición fue un arte en sí mismo, nació del pacto político y por lo tanto de la voluntad popular, y entender que la Historia sustrae el final del franquismo a la decisión del pueblo porque la pilotaron el Rey y Suárez es dar por hecho que los políticos ni nos representaban entonces ni nos representan ahora. Peligrosa tesis germen de todos los totalitarismos habidos y por haber que quieren imponer quienes nadie sabe a quién representan ni bajo que mandato legal. La Transición es pacto, voluntad democrática, representación política, acogimiento de todas las ideologías y reivindicaciones históricas en un devenir que no estaba nada claro en España. Que el desarrollo de algunos aspectos, demasiados, no haya sido satisfactorio no es por culpa de los políticos de hace treinta y cinco años. Si mañana le salen goteras a la Sagrada Familia no será por culpa de Gaudí. A modo de experimento podemos comparar la lealtad de Tarradellas con la de Artur Mas.


Víctor Manuel Serrano Entío.