LA CADENA COMO
SÍMBOLO
Una parte de la sociedad catalana opta
por las cadenas. Una cadena muy humana. En la Historia de España eso ya lo
hemos visto. No hay roca que tenga grabado a fuego que, entre libertad o
servilismo, el pueblo siempre elija a la libertad. Por fanatismos religiosos,
étnicos o nacionales, el pueblo, con frecuencia histórica, avanza libre y
voluntariamente hacia la sumisión. ¡Vivan las cadenas v.2.0!. Cataluña lleva
casi cuarenta años gobernada por el nacionalismo. Han sido los catalanes
quienes han gestionado su futuro. Fueron ellos los que libre y mayoritariamente
votaron a favor de la Constitución española porque recogía sus aspiraciones.
Cataluña nunca fue un Estado pero, de haberlo sido, en 1978 optó libremente,
sin cadenas, por seguir junto al resto de España.
El resultado de casi cuarenta años
de nacionalismo en Cataluña es que unas quinientas empresas se van cada año a
Madrid. La tasa de paro es casi andaluza, muy por encima de la media nacional.
Con los impuestos más altos de España no tiene ni un solo centro de salud
público puntero en Europa. Su educación pública no está por encima de la media
española (¡y hay que ver como está la media española!) y es deficiente en
castellano y en inglés. 50.000 niños sufren desnutrición según el último
Informe Cáritas. No hay universidades con prestigio mundial. La cultura
catalana, en el cénit de la cultura española hasta los años ochenta y
principios de los noventa es hoy, salvo escasísimas excepciones, un zombi vivo
por la subvención y muerto más allá de Olot. La cultura catalana en español ha
emigrado o ha sido extirpada. La corrupción se ha instalado de tal manera que imputados
y presuntos unen sus manos en primera línea con el resto del “poble” sin que
nadie pida explicaciones. Ni 3% ni Pallerols, ni Palau, ni ITV ni Suiza. Pero
peor es aún el desgaste social que produce la artera utilización histórica y política
que culpa de todos los males de Cataluña a una España ladrona. Hay crispación
política y social. Incluso entre los partidos “soberanistas”, como Uniò, hay ya
inquietudes. A una sociedad a la que se le machaca diariamente -desde los
potentes y carísimos medios públicos catalanes- con el mensaje único de que están
mal porque España les roba, no se le puede exigir buen rollo y que sea la
alegría de la huerta. El lamento por lo que serían y no son por culpa de otros solo
siembra complejos. El niño que siempre suspende porque el profe le tiene manía.
En este mundo globalizado de habla
inglesa, tecnología norteamericana y facturación china, las cadenas humanas en
Londres, N.Y. o la Muralla china suenan a Día del Ombligo Del Líder Supremo en
Corea del Norte. Nada hay más represivo que la unanimidad que nace de una
imposición consciente. Mientras el mejor tejido industrial y cultural emigra,
aumentan las denuncias anónimas por no rotular en catalán. Los medios de
comunicación de titularidad pública y discurso único harían las delicias de Enver
Hoxha en la Albania estalinista. Hay una Cataluña que hoy, por culpa del
independentismo, es solo una protesta y una cadena, lejos de de la Barcelona
participativa y abierta de 1992. Hay una Cataluña plural y silenciosa dentro de
España. La Cataluña de Eduardo Mendoza, Albert Boadella, Dalí, el cuaderno gris
de Josep Plá; la del esfuerzo y la constancia en el trabajo diario. La de una literatura
catalana desaparecida porque contaba la Historia de Cataluña y no la de Alicia
en la Franja de las maravillas.
Lo de la cadena humana que viene es
un evento que desde lo meramente estético resulta chabacano en una sociedad
europea y libre en el siglo XXI; es estéril y cobarde porque en realidad no
compromete a nada; nadie se juega sus cuartos ni su futuro. Lo cómodo es ir,
darle la mano al de al lado, hacerse una foto y colgarla en twitter y en facebook
como antes se colgó una foto de pies con arena sobre la hamaca de agosto. No
hay heroicidad en poder defender que estuvieron allí, que forman parte del
pensamiento único y sirven al fin superior. No hay romanticismo en demostrar que son como los que llevan meses
saliendo por la tele forjando los eslabones de la cadena, que no son apestados
sociales. Se creen una iniciativa personal y consciente pero viven sumergidos
en la causa única. El independentismo se nutre de símbolos y el símbolo es
brutal: cadenas. La independencia de Cataluña es una quimera, bajarse del tren
de Europa para intentar después cogerlo en marcha, castillos de arena en el
aire viciado de la frustración. Una construcción nacional de la que solo consta
que tengan el proyecto de derribo de la Cataluña que fue.
Víctor
Manuel Serrano Entío. Abogado.
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