ZARAGOZA NO SE SIENTA
En Zaragoza suceden cosas dignas de
Nueva York pero con cierzo. Miguel Merino vacunó contra enfermedades rancias a
nuestra democracia niña como si de un funcionario de inmigración en la Isla de
Ellis se tratara. Ramón Sainz de Varanda no le hizo a la participación política
una estatua con corona y escaparates en la cabeza, pero la metió de lleno en el
salón de plenos dando cancha a los grupos de la oposición desde su mayoría. González
Triviño puso en la plaza de Las Catedrales más baldosa y asfalto del que cubre la
Quinta Avenida y cantó más con el presupuesto del Auditorio que Sinatra en el
Madison Square Garden. Luisa Fernanda Rudi sanó contabilidades y ordenó cajones
para arreglar tuberías que estallaban como el orificio de Moby Dick o como los
registros de vapor de la New York Steam Company en Lexington Avenue. Desde el
Pignatelli no gobierna la ciudad pero Luisa Fernanda es la Gran Vía. A Pepe
Atarés, la calle Alfonso le quedó como una alfombra roja en el Metropolitan camino
de El Pilar. Belloch nos trajo la expo que nos acercó al Ebro y a sus riberas y
que convirtió los juncos podridos y los residuos plásticos en un River Cafe.
Todos ellos contemplaron y contemplan de pie a una ciudad que construimos cada
día entre todos y de la que, pese a algunas cosas, podemos sentirnos orgullosos.
Zaragoza es una gran ciudad y su personalidad es nuestra personalidad. Ya nos
dejó dicho Unamuno con su concepto de intrahistoria que el paisaje hace al
paisanaje y diseña nuestra cabeza.
Zaragoza es una ciudad aireada,
honesta y abierta. No nos esconde grandes secretos porque sus ciudadanos no
seríamos capaces de guardarlos. Sus calles destapan mil historias conocidas,
con encanto y sin velo de misterio. Es una ciudad que vive de pie, a la que no
le importa demasiado que le vuelen los bancos de madera siempre y cuando no
sean los de la Basílica del Pilar, donde la ciudad se sienta para recogerse y
guardar silencio. Ciudad de paradojas, con concejales comunistas avisando de
ataques al templo, las devociones van más allá de lo religioso y más de un
musulmán quiere hacer santo al cura de San Pablo. Zaragoza aguarda todo en pie;
lo mismo en la Glorieta de Sasera esperando a un amor adolescente que en la grada
de infantil de La Romareda esperando un disgusto cotidiano. De pie en la parada
del bus con los trabajadores del bus luchando de pie. La ciudad, eufemística hasta
el extremo de llamar “vegetación autóctona” a los hierbajos que crecen entre
bolsas de doritos en la Gran Vía y en Fernando el Católico, se mueve en zigzag
avanzando hasta el final de su crisis. Como uno de esos trileros del Tubo de
los años sesenta, la ciudad juega con su comercio y sus polígonos y esconde,
bajo su cuenco de engaño, mil locales comerciales y naves industriales que abren
y cierran, cambian de actividad, de inquilinos y rentas; que sufren una
metamorfosis frenética para acabar en el mismo sitio con distinto letrero, como
la bolita del trile. El juego acabará cuando vuelva el esplendor y habría que
ir encargando una avenida para los comerciantes y hosteleros de Zaragoza que
resistieron el principio de este siglo. Un monumento para los trabajadores que
han cedido derechos en beneficio de todos. Una capilla en El Pilar, junto a la
de la patrona de los imposibles, para los empresarios y profesionales que
resistieron con casi todo en contra.
En estos días de claveles y petos,
de tapas en los bares, de devociones confesas o inconfesables, de tragachicos y
parque de los insectos, de prisas y apuros en el albero, de flores, emoción y
devoción en la Plaza del Pilar, la ciudad se muestra como una dama orgullosa,
agradecida con todos y algo condescendiente que, puesta en pie, nos enseña su
casa. Una casa de pilares descubiertos. Nuestra casa. Donde corremos,
trabajamos, paseamos, amamos, reímos, sufrimos y vivimos de pie. En la ciudad
que no se sienta.
Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
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