LA NORIA
Allá donde se para el tranvía nos han puesto una noria. El
puente de Santiago, que une nuestro sur hasta perder el norte, es una parada de
tranvía literal. También metafórica. El otoño llega a Zaragoza como una ofrenda en traje regional. En
estos días comienza a respirarse con el aire de la
ciudad un aroma intangible hecho de los primeros fríos y el sol de tarde. Zaragoza vuelve al trabajo con los
lunes de septiembre y necesita saber que pronto hay un respiro trapezoidal y
florido. En la era de la tecnología 3D, la alta definición y la realidad virtual no hay nada como tocar los límites del tiempo y sentir que la ciudad viaja en torno a un
artefacto de tan escasa tecnología. Al fin y al cabo, fue la
tecnología la que nos dijo ayer que las
baterías del tranvía, desencadenadas de la catenaria, podrían surcar el infinito y más allá; y hoy se nos quedan varadas al pie de la noria como
aquella sirena a la que escribió Casona y canta Bunbury.
Zaragoza
es una ciudad moderna que necesita girar en torno a vetustos artefactos de diseño vanguardista. Norias o tranvías. La noria que nos han puesto es la de siempre diseñada como nunca. Como el tranvía. También Zaragoza es la de siempre aunque hoy le cueste girar como
giran las ruedas de acero de una noria bajo el cielo del Ebro. Pasan y duermen
los tranvías al lado de la noria y gira
Zaragoza mientras la noria permanece quieta. Desde ahí podemos ver barrios microscópicos y ciudadanos que caminan
y pasan como insectos. Ciudadanos que buscan un autobús que no llega, autobuses que buscan a un conductor al que
echaron, cicatrices de raíles infinitos, semáforos que se doblan al paso del tranvía para luego abrasar a taxistas y coches con su luz roja
convertida en un cañón contra el tiempo. Contra
nuestro tiempo. La ciudad se duele ciento cincuenta y tres veces por los
despidos del bus mientras sus ciudadanos hacen transbordos y nervios. Al menos,
como dice mi padre, han tenido el detalle de contarnos un chiste, y en esas mañanas en las que el tranvía nos abarrota y nos colocamos
como en un “tetris” rellenando huecos imposibles, una “voz en off”, educada, femenina y neutra,
nos dice algo así como “por favor, ocupen los asientos vacíos”. Como si el señor que aprisiona nuestro cuello con sus mocasines de suela
con chicle lo hiciese por maldad. No podemos juzgarle, porque está feo juzgar a los demás y porque no podemos juzgar
las verdaderas intenciones de alguien mientras tratamos de no quedar aplastados
para siempre entre la señora que valida el billete
-entre una jungla de espaldas- y la mochila más voluminosa del último adolescente que ama leer todos los libros. Muchos
dicen que el tranvía es la modernidad y nos hace
una ciudad europea. Nadie dijo que la modernidad sea cómoda ni que Europa, a veces, no se nos clave en las
costillas.
Con la
noria quieta la ciudad empieza a girar y con ella su comercio, un comercio
mermado por el recuerdo de días mejores y por un futuro
planificado cuando éramos ricos que llegó cuando era tarde. En el centro y en los barrios de
siempre, cada cartel de “se traspasa” es la muerte de una parte de nuestra memoria; cada cartel
de “se vende” un recordatorio de los días que vivimos. Un termómetro de economía real que nos dirá al común de los mortales cuándo la halagüeña macroeconomía llega a la calle Alfonso, a
Independencia, a Gran Vía, a la Plaza de San
Francisco, a Delicias, Torrero, Las fuentes o La paz para quedarse entre
nosotros. La economía real la lleva como nadie el
cura de San Pablo, un santo. El comercio de Zaragoza navega en aguas turbulentas
y quienes se mantienen a flote lo hacen solo por inteligencia y tenacidad. El único puerto con los amarres completos es Puerto Venecia.
Pese a los
hierros pesados que la sustentan como a una noria, Zaragoza sigue girando,
previsible y completa, hacia los primeros días de otoño, en los que todo desemboca en un rito cotidiano, el de
sus hombres y mujeres camino del trabajo, el de sus empresas y polígonos, la Zaragoza de los barrios nuevos que envidian las
carencias de los barrios viejos, una Zaragoza de piedra y hierro que a veces
parece construida como una de esas ciudades invisibles de Italo Calvino en las
que no hay ni paredes, ni techos, ni asfalto; solo tuberías de agua que suben verticales por donde debería haber casas. Zaragoza es una noria que gira como la teoría del eterno retorno de los antiguos griegos, según la cual todo avanza para llegar al punto de partida.
Nosotros, los zaragozanos, somos su punto de partida. Zaragoza es una noria que
gira mientras el Ebro discurre. La ciudad a la que odiamos de vez en cuando
para poder amarla siempre.
Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
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