ZARACADABRA
Ayer empezó en Zaragoza el festival
de magia callejera Zaracadabra. Nada por aquí, nada por allá y de repente…
aparece un zaragozano que no está en Jaca. Más vanguardista en sus normas que
en sus costumbres, Zaragoza es una ciudad que no deja de sorprendernos. Con la
ordenanza municipal en la mano, los perros ya pueden entrar a los bares. Pronto
los veremos jugar al póker como en un cuadro de Coolidge. Llegarán al casino en
tranvía por Independencia mientras un ciclista pedalea en paralelo por un carril
imaginario. No se si tranquiliza saber que la única condición que se impone por
la municipalidad a los perros de razas extremadamente peligrosas es la de ir
atados antes de recostarse en la barra del bar y pedirse una caña con limón y
una gamba con gabardina. Uno desconoce si los perros de razas extremadamente
peligrosas, por muy atados que vayan, distinguen las piernas con gabardina de
las gambas, con el hueco que dejan las entrehoras en el estómago vacío; un
estómago con dientes que también se intuye extremadamente peligroso.
Mientras la extra de los
funcionarios ilumina el comercio en una Navidad mucho más alegre que la del año
pasado, se cumple con la tradición navideña de raptar figuras del nacimiento
municipal. Liberado Melchor tras su secuestro exprés del Belén del Pilar, allá
donde de noche descansan los pastores y los agentes duermen como un Niño Jesús,
falta saber qué habrán exigido sus captores a Gaspar y Baltasar. Tal vez el,
tan necesario en Zaragoza, cambio climático. En estos primeros días del
invierno, con la ciudad sumergida en la navidad y en la intermitencia de las
nieblas, el puente de Piedra es un puente aéreo que sobrevuela el cauce del
río. Pasear por él es darse un paseo entre las nubes. Las casas emergen altivas
entre las burbujas líquidogaseosas del enorme caldero en el que se zambulle la
ciudad. Un caldero de pociones mágicas que transforman al Ebro en una corriente
subterránea. Cuando el invierno llega a Zaragoza tenemos la sensación de que
nunca se fue. Solo el cierzo y la lluvia son capaces de disipar el vapor frío
de la ciudad emergente y cuando llega, los deseos de la gente se dividen entre
los que añoran la incómoda niebla y los que abrazan al cierzo. A veces sale el
sol para recordarnos que existe.
El recuento de los últimos días del
año nos enumera una ciudad que sigue en dificultades, en el que muchas familias
han seguido empobreciendo mientras otras muchas están mejor que hace un año, lo
que acrecienta una brecha injusta. Tras los años más duros, especialmente este
que ya dejamos aliviados sin la nostalgia del tiempo, la ciudad ha
redescubierto su mundo interior pagando el peaje de volverse más introvertida,
menos luminosa, pero más solidaria. El año nos deja un banco astillado en el
Pilar, cines que se apagan, un equipo que desciende, trenes parisinos que por
defecto no se detienen en Delicias y tranvías que por exceso se detienen en el
puente de Santiago, una plataforma logística que se reurbanizará en los nuevos juzgados de la
Expo, mientras la ciudad sigue su rumbo discreto como cogiendo carrerilla para
afrontar con confianza unos días por venir que es ya seguro que van a ser
mejores. Zaragoza es la ciudad que siempre despierta.
Víctor
M. Serrano Entío. Abogado.
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