RENOVARSE Y VOLVER A
MORIR
Cada equis tiempo toca renovar el
Consejo General del Poder Judicial. Los grandes partidos se desinhiben y se
encierran en las salas del Congreso, persiguiéndose por entre los muebles de la
casa como jugando al pilla-pilla; cambian sus cromos y elijen a los nuevos
vocales. Con la puntualidad institucional de un verdugo, y siguiendo la ya
arraigada tradición, PSOE y PP apalizan en la plaza pública al deshilachado
monigote de la independencia judicial. Que sea en la plaza pública es
importante, no es puro azar, porque la renovación de los vocales del Consejo no
es un mero mercadeo de puestos bajo la premisa de colocar a los afines o
favorecer a la familia: debe quedar patente, a ojos de todos, la impunidad con
la que la clase política gobierna a los jueces. Que quede claro quien manda. Los
amigos callan y los enemigos chillan ahora, hasta que toque cambio de guardia y
sean nombrados; entonces callarán también. Y el ritual de humillación no cambia
ni cambiará porque los jueces no se plantan. Entre togas y puñetas, el Ministro
de turno desciende orgulloso por las escalinatas del Palacio de Justicia. Hoy
el Ministro que pisa fuerte es Ruiz-Gallardón, antes fueron otros, mañana
también. Es lo de menos, las personas pasan, el desprecio permanece.
Ya que ahora pueden casar los notarios
como paso previo a que casen los boticarios y la guardia civil -para completar
con el cura una boda de partida de dominó en el casino del pueblo- sería bueno
que el legislativo y el judicial protocolizasen su unión en escritura pública.
Que el ejecutivo grite “que se besen, que se besen”. Cansa oír que en España no
hay separación de poderes, una obviedad tan vieja y objetiva que su mera mención
recuerda que también hay olas en el mar. Que los jueces de España actúen con
plena independencia y autonomía, algo de lo que yo no dudo después de más de
quince años de ejercicio de la abogacía, es fruto de su amor vocacional por una
profesión que tiene algo de función divina y mucho de romanticismo. Y es un
milagro. Pero un Estado de Derecho no puede dejar las bondades de todo un poder,
como el poder Judicial, al arbitrio de las cualidades personales de cada juez y
al mantenimiento sostenido de un milagro. Más que nada porque hay quien no cree
en los milagros y menos en que sean eternos.
Cada
vez que se renueva el Consejo oímos eso de que “estamos ante el CGPJ más
político de todos los tiempos”. Y es cierto, es seguro que el próximo será
peor. De momento en este la mitad de los vocales elegidos han desempeñado
anteriormente cargos políticos. Por supuesto, a nivel personal los elegidos
merecen el máximo de los respetos. Hay miembros de gran trayectoria, a alguno
de los cuales conozco y admiro, como el presidente del TSJ de Navarra, Don Juan
Manuel Fernández, un gran jurista. Pero el sistema de elección es
perverso, y además de quebrar la confianza que los ciudadanos deben tener en la
Justicia y su independencia, acrecienta la gran sima ya existente entre quienes
desempeñan su labor jurisdiccional en órganos superiores y quienes lo hacen en
juzgados de instancia. La perversión del sistema hace que justiciables y jueces
perciban que hoy en día es imposible llegar a determinados órganos sin
docilidad política, lo cual no es del todo cierto pero es cierto en parte.
La clase política está hoy en
entredicho ante toda la opinión pública por sus numerosos y llamativos casos de
corrupción. La corrupción afecta a una minoría pero escandaliza a la mayoría.
No se entiende que compañeros de partido del reo elijan a los jueces que le juzgan.
Ángel Dolado, Juez Decano de Zaragoza y portavoz del Foro Judicial
Independiente, enérgico y combativo, sin pelos en la lengua, nos deja en el
aire una pregunta demoledora al destacar la “casualidad” del acuerdo entre el
PP y el PSOE para controlar a la judicatura cuando no ha habido acuerdos en
Sanidad o Educación: “¿No será que ambas formaciones políticas quieren
controlar sus respectivos casos de corrupción?”. Yo solo me atrevo a indicarle
a Ángel Dolado que leyendo a Norman Mailer uno puede llegar fácilmente a la
conclusión de que en el crimen no cabe la casualidad. Los tipos duros no
bailan. Disfrutemos de este CGPJ hasta que llegue el próximo. Será peor.
Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
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