LA DUCHA FRÍA
No hay
barrio pedáneo, municipio, provincia,
comarca o comunidad autónoma que no tenga a un político del Partido Popular preocupado por el rumbo del
Gobierno. El gabinete carece de un liderazgo visible, más allá de los arrítmicos pantallazos de plasma del Presidente que a razón de no más de tres o cuatro veces al año trata de explicar a los gobernados el porqué de sus medidas tomadas contra el ideario y dos siglos de
corrientes liberales en España. Y en esto llega Cañete y nos dice que las duchas con agua fría, cuando la obligación primera de todo Gobierno es
que salga agua caliente por el grifo. Lo malo es que no sabemos si lo de la
ducha fría nos lo dice por ahorro energético o como ejercicio espiritual.
Los políticos del PP, a los que cotidianamente les cae la ducha fría, están, cada uno en su ámbito de influencia, seriamente preocupados por un Gobierno
que ni parece acertar en la comunicación ni encaja en los esquemas
políticos de siempre, esquemas
ideológicos que actúan en los votantes como referentes y que Rajoy ha
sacrificado en una mezcla de real politik, urgencia, imposición germana y ensimismamiento. Los votantes populares saben
que sus referentes electorales se podían simplificar en no asfixiar
con impuestos a PYMES y familias, racionalizar el gasto, privilegiar la
eficiencia en la Administración y crear empleo. Cosas por
las que aunque el Presidente no lo crea, la gente le votó. Y no le votó ni para hacer lo contrario ni
para financiar a la carta a Cataluña. Si Rajoy pensase que en
España hay gente de centro derecha
con ideales de centro derecha y/o liberales tal vez les respetaría más, pero el presidente está instalado en el mero posibilismo y piensa que la gente le
votó a él sólo gracias a Zapatero, lo
cual, es una verdad a medias, no contribuye a la autoestima del Presidente y
despoja de principios e inteligencia a su electorado para convertirlo en un
walking dead. Parafraseando al actor secundario Bob, la mala conciencia de los
votantes puede inclinarlos a votar a los demócratas cuando en lo más profundo de su ser ansían que un insensible
republicano baje los impuestos y castigue a los delincuentes. No hay militante
de base, concejal o diputado que no piense en la que se le viene encima al PP
si las cosas no cambian, pero el tiempo pasa y sólo mejora la fría macroeconomía y en cifras insuficientes
para lo fundamental: crear empleo.
Varios
barones y una baronesa no ven nada claro lo de Mariano y Montoro con lo de la
financiación a la carta para Cataluña, y su cabreo e incomprensión se torna melancolía cuando recuerdan lo de la "lluvia fina". Lluvia
fina, en meteorológica expresión de Aznar, era lo que iba a empapar a los votantes con
gran calado tras las medidas impopulares de los dos primeros años de Gobierno y con base en una remontada en lo económico cuasi milagrosa. Aznar navegó durante los dos primeros años de su Gobierno con la opinión pública propia y ajena, en
contra. Pero la lluvia fina llegó y a los cuatro años, después de buenos resultados económicos, ganó las elecciones por mayoría absoluta. Nada semejante puede pasarle a Don Mariano ni
aunque vaya cada domingo en romería a la Virgen de la Cueva.
Aznar precisó tiempo, él necesitaría un milagro para el que no
hay síntomas. Aznar no traicionó sus propias recetas ni quebró ningún ideario. A Mariano se le moverá el PP a las primeras de cambio porque la púrpura no le brilla y muy pocos confían en él. Su enfermiza falta de
liderazgo, la incompetencia y dejadez comunicativa y Montoro pueden moverle a
Rajoy las estructuras y los pilares del Partido. Antes, en las municipales,
muchos políticos del PP de gran talla y
validez a los que no llegará la lluvia fina del Gobierno
pero sí la ducha fría, deberán presentarse a las elecciones
con el titánico esfuerzo de convencer a
sus votantes de que su gestión y tarea no es la de Mariano.
Y eso es aún más difícil que remar dentro de una
tele de plasma.
Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
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