ASALTAMOS EL CONGRESO
¿Y DESPUÉS QUÉ?
Mientras Suárez nos traía esto,
González nos sincronizaba con nuestro tiempo, Aznar nos ponía por las cumbres y
Zapatero colapsaba el país nos olvidamos de hacer pedagogía y dejamos a Rajoy y
al Congreso solos ante el peligro de un asedio tan estéril como desconcertante
e infantil. Y del mismo modo que la democracia de Suárez es nuestra, nuestra la
sincronización de González, nuestras las cumbres de Aznar y nuestro el colapso
de Zapatero, somos todos nosotros los que quedamos asediados a los pies de los
leones del Congreso. La mismísima Alaska, artistaza y cantatriz a lomos del glamour, puede certificar que uno no puede
andar bien con tanta plataforma. España desciende por la escalera aterciopelada
de la autoestima en plataformas y tropieza.
Asaltar el Congreso o es golpista o
es surrealista sin descartar ambos extremos. Los antisistema no tienen
argumentos ni lo pretenden, su argumento es el ruido de la calle y su lucha que el atronador sonido de su
cabreo rime en el insulto a los políticos, y ahí es cuando lo mejor que podría
hacer los políticos es dejarlos entrar al Congreso para desconcertar. Enviando
a las fuerzas de orden público a contenerlos y dejándolos a cien metros de la
Cámara se establece una especie de lucha de igual a igual entre el legítimo poder
coercitivo del Estado y el carpetovetónico poder coercitivo de la patada cuando
lo cierto es que entre el cerebro y el pie conviene que la relación sea jerárquica.
Esa jerarquía se pierde en el cerebro y el pie de un violento porque no hay
mejor manera de demostrar estulticia que recurrir a la violencia.
Que se ahorren el asedio y les dejen
entrar en el Congreso, que lo tomen, que se hagan con él y que se den unas
vueltas para que quede en evidencia que más allá de colgarse de las lámparas, intentar
localizar los tiros de Tejero y beberse todo el bar no tendrían nada más que aportar
ni que decir. Sería un magnífico experimento sociológico seguir su
comportamiento por cámara a lo gran hermano y como en esos documentales angloaburridos de gorilas en la selva.
Me juego lo que quieran a que al final acabarían rascándose la coronilla y votando para decidir si había que votar. El
cabreo es legítimo siempre y cuando los seres racionales lo canalicen.
Como las protestas hay que
sostenerlas con ideas, algunos de ellos pasan de la pataleta a la patada porque
no tienen síntomas de vida cerebral. Quieren asaltar el Congreso con la alegría
que les da la certeza de que no les van a dejar entrar. Ninguno de esos pies
pensantes aguantaría el miedo escénico de tener que enfrentarse a un atril con
palabras, debatir opiniones, aportar ideas y arrimar el hombro. Lo pasarían
peor que un equipo español en Alemania. Odian a la clase dirigente, no sólo a
la política, porque se sienten explotados, desposeídos y expulsados del sistema.
Quieren sustituir la soberanía nacional por la algarada, la bronca y la
barricada porque están cabreados y descontentos pero son pocos todavía.
Se echa de menos que los partidos políticos
no condenen en bloque, sin fisuras, sin matices y con una sola voz firme los
casos de gamberrismo desnortado y que no apoyen la legitimidad de las fuerzas
de orden público, como sí ocurre en otros países de Europa. Al menos esta vez
ningún grupo político apoya expresamente esta iniciativa peligrosa. Se echa de
menos que el Estado no tenga más argumento que el policial para repeler a los
energúmenos que necesitan un esfuerzo educativo importante, lo cual constata
que el Estado fracasa en la pedagogía y que nos vendría estupendamente una
educación para la ciudadanía que despojada de contenidos ideológicos enseñase a
nuestros jóvenes que un Estado de Derecho es un Estado de Derecho incluso
cuando la economía va mal y hay instituciones que piden a gritos una reforma. La
de Zapatero hubiese valido si no hubiese querido meter la cuña buenista y el
marketing ideológico. El peor castigo que puede recibir alguien que quiere
asediar el Congreso y ocuparlo indefinidamente es conseguirlo. Alguien ha
colocado acertadamente en la mano de la estatua de Neptuno un cartel que reza
“Así, no”, pero se echa mucho de menos otro que pinchado en el tridente nos
diga como.
Víctor M. Serrano Entío. Abogado.
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