LA TRANSICIÓN
España
es hoy una enmienda a la totalidad en la que nos pasamos al cobro facturas históricas.
Del aquelarre no se escapa ni la Transición. Y como no somos de trazo muy fino
ni escala de grises, hay un sector revisionista en lo político y público que anda
lanzando brochazos en negro contra la Transición, en lo que es algo así como
culpar a los hijos de Saturno de que su padre esté gordo. Se oye en púlpitos analógicos,
aéreos y digitales terrestres que por culpa de una ineficaz Transición las Comunidades
Autónomas son una ruina, las instituciones están sobredimensionadas y que el
tránsito no fue como lo cuentan los libros; que a la sociedad se le ha vendido
la idea de que cuando Franco muere la democracia llega otorgada por el Rey y
una serie de políticos que pactan, por lo que se le ha hurtado a los españoles
el mérito histórico de haber terminado con la dictadura. En definitiva andamos
a tortazos también contra la Transición.
A
la Transición se le ataca porque atacamos hoy todo lo que huela a poder
establecido, así que nada mejor que empezar por el hecho histórico que marca
nuestra democracia imperfecta, joven pero ya con los achaques articulares propios
de pasar de los treinta. Sólo con oír si uno se refiere a quien ejerce la
política como político, como clase política o como casta política ya se ve de
qué pie cojea. Los que cuestionan la Transición son los que braman contra la casta
política. Nota aclaratoria: la Transición y su hija nacida de un pacto político
amplio nada decían acerca de no desarrollar una Ley de financiación de partidos
políticos más transparente o una ley de Huelga, por poner ejemplos. Tampoco se
estableció ningún techo competencial para las Comunidades Autónomas, pero no
hay ningún mandato por el que se obligara a los partidos gobernantes a pactar
con los nacionalistas contrapartidas que serían catalogadas como extorsión por
cualquier miembro de la familia Corleone. La Constitución no obliga a
subvencionar chorradas ni a abrir embajadas de la Junta de Andalucía en Palestina.
La política está para prever el futuro inmediato y anticiparse a los problemas
para solventarlos, y de las cortas miras de nuestros gobernantes de los últimos
diez años no tienen la culpa los políticos de la Transición, políticos de todo
el espectro que con base en una tradición histórica muy aragonesa, el pacto, y
siendo generosos en su renuncia y en el acogimiento de posiciones antagónicas y
hasta entonces irreconciliables, fueron capaces de entenderse en un clima
extremadamente tenso y complicado. La Transición fue un arte en sí mismo, nació
del pacto político y por lo tanto de la voluntad popular, y entender que la
Historia sustrae el final del franquismo a la decisión del pueblo porque la
pilotaron el Rey y Suárez es dar por hecho que los políticos ni nos representaban
entonces ni nos representan ahora. Peligrosa tesis germen de todos los totalitarismos
habidos y por haber que quieren imponer quienes nadie sabe a quién representan ni
bajo que mandato legal. La Transición es pacto, voluntad democrática,
representación política, acogimiento de todas las ideologías y reivindicaciones
históricas en un devenir que no estaba nada claro en España. Que el desarrollo
de algunos aspectos, demasiados, no haya sido satisfactorio no es por culpa de
los políticos de hace treinta y cinco años. Si mañana le salen goteras a la
Sagrada Familia no será por culpa de Gaudí. A modo de experimento podemos
comparar la lealtad de Tarradellas con la de Artur Mas.
Víctor
Manuel Serrano Entío.
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